Escasez agua potable cambio climático

El negocio y la problemática del agua, un recurso básico y esencial

El agua es un bien cada vez más escaso. Solo el 2,8% del agua en la tierra es dulce y, actualmente, unos 4.500 millones de personas no disponen de servicios de saneamiento seguros y eficaces. 

Según estimaciones del Banco Mundial, en regiones como Oriente Medio y Asia, el coste de la escasez de agua puede alcanzar hasta el 6% de su PIB en el 2050, lo que provocaría que unos 1.600 millones de personas podrían hallarse en una situación de riesgo en los próximos 30 años.

En un informe, Crédit Suisse prevé que la situación podría empeorar en las próximas décadas con el aumento de la demanda, producto del incremento de la población y, en consecuencia, de una mayor ingesta de calorías y gasto en productos de consumo, actividades que requieren de agua. Solo un par de zapatos precisa de 15.000 litros de agua, mientras que unos vaqueros, 7.000. El cambio climático también contribuye a empeorar dicha situación con la sequía y el incremento de las temperaturas, o fenómenos extremos como las tormentas o los tornados, que ocasionan la erosión del terreno.

Por todo ello, no se descartan guerras, así como migraciones masivas por el control del agua dulce.

Crédit Suisse cree que hay oportunidades para el sector privado para invertir en este ámbito, ya que, para el 2030, entre la demanda y la oferta de agua podría haber un desajuste del 40%.

Apenas el 12% del consumo de agua es para uso doméstico, un 69% va destinado a la agricultura y el 19% restante, a la industria. En las próximas décadas se prevé un aumento del consumo industrial (un 120% más para 2050) por lo que será necesario apostar por un modelo productivo más sostenible.

Estamos llegando a situaciones límite en la sobreexplotación de recursos hídricos, ya sea en España como en cualquier otro punto del globo: Las Tablas de Daimiel, sufren sequía desde hace 6 años, así como la sobreexplotación agrícola del acuífero 23 y de la zona del Alto Guadiana, de las que dependen las Tablas; Doñana, Lucena del Puerto (Huelva) y Murcia son víctimas de la perforación ilegal de pozos para la captación de agua subterránea; el Mar Menor padece un colapso ecológico producto de la agricultura intensiva de regadío y el turismo excesivo; y ciudades, granjas y pesquerías tailandesas sufren las consecuencias de la construcción de presas en el tramo bajo del Mekong, con la inexistencia de sedimentos, nutrientes necesarios para conservar la vida del río. Un auge en el sector de la energía hidroeléctrica, combinado con los patrones del clima extremo adjudicados al cambio climático, ha transformado de forma radical el cauce de un río que proporciona agua a 70 millones de personas.

Con la llegada del coronavirus a casi cada rincón del planeta y las medidas de cuarentena aplicadas en casi todos los países, las masas de agua se mantienen alejadas del ser humano y están volviendo a recuperarse parcialmente. Un ejemplo es Venecia, donde las góndolas han disminuido considerablemente el tráfico y han permitido que los sedimentos se depositen en el fondo, dejando ver aguas cristalinas y fauna que se creía impensable.

Los ciudadanos empiezan a cuestionarse modelos de producción tradicionales. Uno de los principales argumentos de venta de la carne vegetariana es su menor huella hídrica. Con la presión al alza que reciben  la industria y ciudadanos para reducir su consumo, cada vez hay más voces que cuestionan que no se esté exigiendo lo mismo al sector primario.

Quizá sea este, por fin, el momento más indicado para un cambio de mentalidad y de cultura en la gestión del agua.

 

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