Climático

No hay vuelta atrás, pero hay que mirar al futuro

A pesar del interés relativamente reciente, el calentamiento global y el «cambio climático» se remontan a finales del siglo XIX.

En 1820, el matemático y físico francés Joseph Fourier estableció que la energía que llega al planeta como luz solar debe ser equilibrada con la energía que regresa al espacio y que la atmósfera es capaz de absorber la energía desprendida por la Tierra. En 1860, se establece que es el CO2, el gas responsable. Es decir, pequeños cambios en la concentración de CO2 pueden crear cambios no lineales de la temperatura terrestre..

A pesar de lo anterior, no se modificaron los procesos responsables. Cada año se liberan globalmente 53,4 gigatoneladas de gases de efecto invernadero, aproximadamente. El 78% corresponde a emisiones de dióxido de carbono (CO2). Si continuamos en el ritmo actual de contaminación atmosférica, las temperaturas medias en el año 2100 aumentaran entre 4,1 y 4,8 grados, según los cálculos del Climate Action Tracker.  

Ahora ya parece imposible revertir la situación actual. El modelo económico en el que vivimos se ha vuelto adicto al CO2. Si en 1950 las emisiones de dióxido de carbono solo eran de cinco gigatoneladas, actualmente superan las 40 gigatoneladas. Si los políticos no intervienen, el crecimiento de las emisiones será imparable. La población mundial aumenta a pasos agigantados en sociedades con un uso cada vez más intensivo de la energía debido al aumento de la clase media en los paises en vias de desarrollo y al crecimiento económico. El año pasado la demanda de energía aumentó en un 3,7% y plantea serios problemas, en los años venideros, abastecer a esta creciente demanda todo ello sin la utilización de energías fosiles. Científicos estudian las diferentes alternativas para generar a gran escala tecnologías de emisiones negativas que actuen como la fotosíntesis y limpien las emisiones excendentes. Sin embargo, estamos muy lejos de obtener dichas tecnologías y se requiere de altas cuantías de inversión.

El compromiso internacional para la reducción de las emisiones, como el tratado de Paris, es débil y se asemeja al dilema del prisionero. Individualmente, los paises tienen el incentivo a corto de plazo de utilizar las energías fosiles para aumentar su competitividad internacional además de beneficiarse de la reducción de las emisiones internacionales gracias a los esfuerzos por parte de los paises que si han seguido los tratados como el de Paris.

Medidas para combatir el cambio climático

Los economistas expertos en políticas medioambientales están debatiendo las diferentes medidas para desincentivar la producción y consumo de energías fósiles. Este verano, el Banco Mundial informó del significativo incremento de países que penalizan las emisiones de gases de efecto invernador. En 2004 tan solo 8 países adoptaron estas políticas y, actualmente, ya hay 46 países que taxan las emisones de dióxido de carbono. Con ello, se estima que el 20% de las emisones del mundo ya estén sujetas a imposiciones.

Sin embargo, muchos políticos temen aplicar este tipo de políticas por la pérdida de competitividad del país (encarecimiento de los bienes producidos y reducción en los bienes exportados) y las posibles revueltas de los cuidadanos. El presidente francés, Emmanuel Macron, subió considerablemente el precio de la gasolina el pasado año provocando una serie de revueltas en todo el país por parte de los  denominados gilets jaunes que denunciaban esta política entre otras que consideraban beneficiosas para las élites económicas y la patronal. 

Según un estudio de Climate Leadership Council en el estado de British Columbia en Canadá el encarecimiento progresivo de las energías fosiles redujo las emisiones de CO2 sin contraer la economía. Este mismo organismo planteó la posibilidad de establecer aranceles para los productos importados que no reflejen en el precio la huella de carbono siendo este acto legítimo dentro de lo acordado en la Organización Mundial del Comercio. Sin embargo, el economista Ian Parry, experto en política medioambiental del FMI se posiciona en contra de imponer este tipo de aranceles y resalta la necesidad de imponer un impuesto a las emisiones en cada país por igual.

La Unión Europea y China ya han experimentado con éxito con la creación de un mercado de derechos de emisión. Así pues, se establece un máximo de emisiones de dióxido de carbono por industria y por  año y se deja a las empresas comerciar entre ellas con dichos derechos en función de sus necesidades energéticas. Esto permite saber con exatitud que cantidad de emisiones se emitirán por parte del sector industrial. Sin embargo, el precio de los derechos de emisión se situaba por debajo del óptimo (10 euros por tonelada de CO2) y los expertos aseguran que aunque se lograse el objetivo de reducción de emisiones no incentivaba a las empresas a invertir en el desarrollo de infraestrucuras limpias para hacer frente a futuras políticas más restrictivas. 

Actualmente, los derechos de emisión se han encarecido y se cotizan en la Unión Europea en torno a los 25€ por tonelada de emisión pero siguen estando muy por debajo del precio estimado por el Banco Mundial para evitar una subida de las temperaturas de 1,5 grados en los proximas décadas. El economista Christopher Knittel del MIT publicó en 2016 un estudio en el que aseguraba que era necesario un impuesto de 700 USD por tonelada de carbono para que el coche eléctrico fuese competitivo en Estados Unidos frenta al coche de combustión. Desde entonces, el coste de las baterías a disminuido considerablemente y se estima que con un impuesto de alrededor 50 USD por tonelada de carbono es suficiente para incentivar la compra de coches eléctricos. Sin embargo, el coche eléctrico respresenta tan solo el 0,5% de la totalidad de los vehiculos.

Según James Rydge, de la London School of Economics (LSE) no se ha de obviar los efectos de las políticas medioambientales en las personas. Políticas demasiado extremas pueden incentivar el surgimiento de movimientos radicalmente opuestos como el de Trump en Estados Unidos. Además, en el libro Paradoja Verde, Hans-Werner señala como el futuro encarecimiento de los precios de la energía fósil se traduce en un aumento actual en la extracción de hidrocarburos. Este aumenta de la oferta hace bajar los precios y contrarestar el efecto de los impuestos. 

Efectos secundarios del cambio climático

El vino demuestra cómo el cambio climático está transformando tradiciones y prácticas que pueden tener siglos de antigüedad. En todo el mundo del vino, los productores se han visto afectados por el cambio climático. Pero no solo experimentaron veranos más calurosos, sino también inviernos más cálidos, sequías y el tipo de eventos inesperados que derivan del cambio climático: tormentas de granizo, heladas primaverales, inundaciones e incendios forestales, solo por nombrar algunos.

Los agricultores que han estado en primera línea han notado cambios profundos en los patrones climáticos desde la década de 1990. A corto plazo, algunos de estos cambios realmente han beneficiado a ciertas regiones más frías como en Alemania con sus pinot noirs pero, por lo general, la subida de temperaturas ha adelantado la temporada de cosecha hasta en dos semanas. Las uvas maduran más rápido y al ser más dulces provocan que los vinos elaborados tengan una mayor tasa de alcohol. En el valle del Rhône, por ejemplo, la subida de las temperaturas ha provocado que la tasa de alcohol suba un 16%.  Estos desiquilibrios modifican el apreciado sabor de estos vinos y regiones como Bordeaux o Napa ya están mirando de cosechar uvas más típicas del sur que aguanten mejor el calor y que puedan aportar los niveles de acidez necesarios para compensar el endulzamiento de los vinos.

Lugares, como Inglaterra, que históricamente no eran aptos para la producción de vinos, han tenido la oportunidad de unirse al mundo vitivinícola mundial, transformando las economías locales en el proceso.

En áreas como Borgoña, Barolo, Champaña y los valles del Mosela y el Rin de Alemania, donde las grandes cosechas alguna vez fueron raras, las temporadas de cultivo más cálidas han hecho que sea mucho más fácil producir vinos consistentemente excepcionales. La Península Ibérica, el Sur de Francia e Italia quedarán negativamente afectadas. Según los expertos el cambio climática modifica radicalmente el sector vitivinícola ofreciendo nuevos sabores y aseguran que en el 2050 países como Noruega o Suecia serán los productores de los mejores vinos.

Por otro lado, en la región Cellino San Marco, olivos centenarios están secandose hasta la muerte por culpa de la bacteria Xylella fastidiosa. Transportada por insectos esta bacteria de origen centroamericano fue introducida en 2013 en Europa y prolifera en temperaturas de alrededor 28ºC. Está bacteria empieza en las hojas y rapidamente se introduce en los troncos obstruyendo el xilema (la arterías portadora de agua) imposibilitando la absorpción de agua por parte de los árboles hasta su muerte. 

La región de Puglia que abastece de aceitunas a practicamente la mitad de Italia ha visto como su producción ha descendido en tan solo 2 años en un 65% porciento. En Grecia, también afectada por la Xylella, la producción de aceituna se ha reducido en un 30% . En España, aunque una gran parte de olivos están afectados por la Xylella, la producción ha sido la normal pero la escasez de agua amenaza con menguar futuras cosechas.

Ante tal situación los agricultores de Puglia no les queda otra que comvivir con la Xylella. Las medidas para evitar la expansión de la Xylella como dejar en cuarentena los árboles afectados han resultado ineficaces. Los agricultores de Puglia han de decidir entre emigrar a otras tierras en el extranjero o replantar nuevas variedades de olivos con xilema más anchos y que, por lo tanto, resistan mejor la Xylella. 

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